miércoles, 10 de septiembre de 2008

Canciones del verano I

Puede que sólo exista un ente que se alegre -disfrute, goce o similar- con la llegada de septiembre y la vuelta al colegio: El Corte Inglés. Por norma general, para el resto de mortales, el fin del verano es una puñalada fría e inesperada en el costado. La música puede suponer un asa con el que aferrarse a la vivencia marchita del camping-gas, las chanclas y las siesta milenarias con el Tour de Francia de fondo. Que cada periodo estival tiene su propia canción es cierto, algunos veranos tienen varias, muchas. Esto es un ejercicio de nostalgia. El sonido de aquel verano de 2008.

Preston School of Industry (PSOI) es la gemación de Pavement, histórica banda que formó parte de la hornada indie americana de los años 90. De aquella generación de oro Pavement fueron los más divertidos y descarados. Con un sonido entre el pop, el rock y el noise, los californianos conformaron un cancionero notable, con un par de discos sobresalientes: Croocked Rain, Croocked Rain y Brighten the Corners

En 2000 el grupo se separa y su guitarrista Scott Kannberg, conocido como Spiral Stair, no espera ni medio segundo para juntar a un par de amigos y montar su nueva banda. El nombre lo toma de unos de los más reputados reformatorios estadounidenses, sito en Amador County, California.

Kannberg decide recuperar algunos de los temas descartados durante la grabación del último disco de su anterior banda, Terror Twilight, y prepara un primer sencillo, Goodbye to the Edge City. Unos meses después se publicaría el primer larga duración de PSOI, All This Sounds Gas (2001).

En este primer disco aparece Falling away, la mejor canción de un álbum que suena, como es lógico, muy similar a Pavement, aunque menos ruidoso, más pausado. Este tema, de sencilla letra -casi pueril-, transmite una alegría contagiosa, sin caer en el merengue pastel de algunas tonadas pop. Como el resto del elepé, es una agradable composición de fácil escucha. Si se tira del tópico se puede hablar de una canción redonda. Guitarras distorsionadas, melodías pop y ritmo de rock. Lo justo para bailar en la fiesta del pueblo.

Falling away

martes, 29 de julio de 2008

La homilía del soul

En los convulsos tardosesentas estadounidenses surgieron figuras que sirvieron para remover la conciencia crítica de ese país. Ideólogos y activistas, en mayor o menor medida, que defendieron nuevos valores y mostraron su intención de cambiar de algún modo aquello que detestaban de su vida cotidiana: el racismo. Rosa Parks, en 1955, no se sentó en la parte de atrás del autobús, tal y como ordenaba la ley entonces, y buscó un hueco en la zona para blancos. Cuando tuvo que ceder su sitió, amenazada por el conductor, no lo hizo. Once años antes, Irene Morgan había sido detenida por lo mismo. Otros fueron más conocidos, como Ernest Green, Martin Luther King Jr y Malcom X. Y entre todos ellos, Nina Simone, la banda sonora original de esta revolución social.

La alta sacerdotisa del soul, como fue bautizada, no sólo contaba con una voz fuera de lo común y poseía una capacidad asombrosa para componer y versionar temas de otros artistas; también tuvo la valentía de asir la bandera del cambio. Los sesenta fueron controversia y, entre tanto caos, la música y las cuestiones sociales se daban la mano.

El año del cambio fue 1964. Simone, de un abrasador talento, ficha por Philips y abandona Colpix. En su primera grabación con la compañía holandesa incluye un tema, Mississippi Goddam, en el que habla abiertamente de las desigualdades entre la comunidad negra y la comunidad blanca. Este tema sirvió de respuesta al asesinato, a manos de un miembro del Ku Klux Klan, del activista Medgar Evers y al bombardeo de una iglesia, en el que murieron cuatro niños.

La pianista, que sufrió el racismo durante su infancia, compone Four women, sobre los estereotipos de las mujeres negras. La canción se convierte en un himno feminista prohibido en algunas zonas de los Estados Unidos. Graba para el álbum Pastel Blues el tema Strange fruit -de la gran reina del jazz Billie Holliday-, en la que se narra la historia de un linchamiento. En el año 1967 canta I wish I knew how it would feel to be free. El 7 de abril de 1968, tres días después del asesinato de Martin Luther King Jr., Nina Simone entona una nueva canción, Why (The king of love is dead). El bajista que le acompañaba, Gene Taylor, la compuso nada más enterarse de la noticia.

Un himno para la comunidad negra
En 1970 Simone, junto a Weldon Irvine, se inspira en la obra inacabada de la dramaturga Lorraine Hansberry para componer To be young, gifted and black. Este tema se convirtió en un himno para la comunidad negra. Aretha Franklin, otra de las grandes, se apodera de él dos años más tarde y lo versiona.

Tampoco falta la polémica en torno a estos años de lucha de la compositora. Durante los sesenta hay quien la sitúa en las estratos más radicales de los movimientos por la igualdad. Se le acusa de no compartir las posiciones de no violencia que promulgaba Luther King, además de defender la fuerza como medio para lograr un estado separado para los afroamericanos. Lo cierto es que militó en las Panteras Negras, aunque sería injusto no enmarcarlo dentro de un periodo de rebeldía y en su contexto histórico y social.

Política a un lado, Nina Simone ha logrado convertirse en un referente para varias generaciones músicos. Lauryn Hill habla de ella, Alicia Keys, también. Jeff Buckley y John Lennon se suman a la lista. Otros la han versionado: Cat Power, The Animals, Bowie, el propio Buckley, Muse y Timbaland.

También consiguió, años más tarde, algunos reconocimientos. Durante su infancia, la artista -la sexta de ocho hermanos- trató de estudiar piano en el Curtis Institute con una beca. Fue rechazada por su color de piel. Unos pocos días antes de morir, en 2003 en Francia, recibía el título honorífico de este prestigioso centro. Después de tanta batalla, por fin lo había logrado.








martes, 17 de junio de 2008

El legado del rey

LPM 1254 es la referencia del catálogo de RCA Victor de uno de los mejores discos de la historia de la música. Es la primera grabación de un hombre destinado a convertirse en la imagen de la gran revolución del siglo XX: el rock. Él era el rey, Elvis. En marzo de 1956, Elvis Aaron Presley publica su primer elepé. El músico de Tupelo tan sólo tenía 21 años. Un año antes, el 31 de enero de 1955 en Tampa, le tomaban un retrato histórico que ilustraría el álbum. A la poderosa imagen del joven músico desgañitándose mientras agita el mástil de su guitarra, se suma una rupestre tipografía con su nombre en rosa y su apellido en verde. Larga vida al rey.

La historia de esta portada continúa. 1979. Londrés. El punk. The Clash. El mejor grupo del primer movimiento antisistema de origen anarquista hace su propio homenaje a uno de sus ídolos. Un tipo que, como ellos, había provocado el escándalo en la sociedad más tradicional, aunque 20 años antes y sin apelar a la política.

El tercer disco de la banda de Joe Strummer, London Calling, recuperaba la iconografía del mítico álbum del rey, aunque la actualizaba, la contextualizaba y le sumaba más fuerza, si cabe, a la original. ¿Cómo? Gracias la violenta imagen del bajista de The Clash, Paul Simonon, a punto de destrozar su bajo.

Un año después los ingleses recuperaron la estética, que no la imagen, para su nuevo single: Train in vain.

Otro seguidor del punk tomó la estética del monarca, aunque a diferencia de los Clash, Tommi Stumpff dulcificó la portada con una párvula imagen. Fue el año de Naranjito: 1982.

A lo patrio. Madrid. Un bar de Cuatro caminos. En la madrileña movida un grupo de gallegos descerebrados, Siniestro total, piensan en la portada de su nuevo sencillo. Es el primer single que no incluye cara A. Tiene dos caras B. Deciden homenajear a sus idolatrados The Clash, aunque prefieren darle un toque propio. Tras varias divagaciones Pepo Fuentes y Julián Hernández -ideólogos del grupo más gamberro de La Movida- optan por sustituir a Simonon por un gaitero. Las canciones del single: Sexo chungo y Me pica un huevo. Surrealismo ibérico.

La más velada referencia a la primera grabación de Elvis la firmó otro genio: Tom Waits. La portada de su aclamado Rain dogs (1985) utiliza una tipografía similar, aunque no tan rupestre. Las diferencias: la distribución del texto y el color de las letras. La imagen fue tomada a finales de los años sesenta por el fotógrafo sueco Anders Petersen y quien aparece en ella, no es Waits.

Entre la larga lista de músicos que han rendido homenaje al rey del rock, hay que destacar la de su homólogo latino: El Vez, el Elvis mexicano. Este marciano con tupé, el más pretigioso imitardor de Elvis en todo el mundo, es considerado una mezcla entre el ídolo estadounidense y el Che Guevara. El Vez, en realidad, homenajeó a dos grupos al mismo tiempo: Elvis y The Clash.

El nombre del más famoso skater de la historia, Tony Hawk, también se ha vinculado a la histórica portada. Su último videojuego contó con una banda sonora propia, con bandas de punk versionando clásicos del punk y del hardcore. La ilustración no puede tener una referencia más clara: London Calling.

La última en homenajear a Elvis ha sido una mujer, K.D. Lang. La canadiense publicó en 2006 Reintarnation. Del rey imita hasta el grito.

A todas estas portadas se suman un larga colección de ‘tapas’ deudoras tanto del rey del rock como de los príncipes del punk. Músicos de todo tipo han retomado la portada original y la han reiventado: folkies, punkies, indie, bluesmen… Elvis no está muerto.

miércoles, 4 de junio de 2008

El oso despierta

El término experimental suele picar. Es como la etiqueta de las camisetas que hay que cortar/arrancar porque molestan y te obligan a rascarte. Hay bandas que sufren del mal de la etiqueta. Hay que arrancarla a tiempo, o pasarán el resto de sus días rascándose. Wilco, más bien su líder Jeff Tweddy, sacó las tijeras en su último disco, Blue Sky Blue. Dejó los ruiditos, la electrónica, y recuperó la candidez de sus country-pop-rock de baja intensidad. Con esta obra se postula para ser uno de los grandes compositores de la música popular contemporánea.

Tweddy, con su cara de oso madrugador, tomó las riendas de Blue Sky Blue. El resto del grupo cuenta que las canciones surgen de un trabajo común en el que todos lo miembros han aportado algo. Habrá que creérselo, aunque los galones de capitan se sabe quién los lleva en este barco.

Sería un error grave pensar que los anteriores trabajos de Wilco provienen de la experimentación más osada. No son Radiohead, ni Sonic Youth; pero dentro de su mundo canciones de diez minutos, con repetitivas bases electrónicas y guitarras anárquicas, son todo un ejercicio de furia y heterodoxia.

Blue Sky Blue es la joya engarzada del grupo, un compendio de sus mejores virtudes. Para los amantes de su sonido más primigenio y campero, el de su estreno A.M. (una joya del country alternativo), la última entrega de Wilco resultará, como mínimo, descafeinada. Para los seguidores acérrimos de los Wilco más lisérgicos, ídem. Para los demás, un imprescindible.

Adios a las migrañas
Jeff Tweedy sufre desde su juventud migrañas. Ni rastro. Blue Sky Blue apesta a Beatles, Brian Wilson, Birds, aunque con la siempre atenta mirada de Neil Young (oh, gran Neil) y Parsons. No hay dolores de cabeza. Suena claro, brillante y adictivo. Es probable que la banda haya firmado su propio Sgt. Peppers, salvando las distancias.

El recorrido comienza con Either way, la guía perfecta del pop que habría firmado el mismo Harrison. Continúa hasta adentrase en la canción que da título al disco, en la que recuperan su tradición más americana y que sirve de trampolín hacia melodías con ciertos toques (muy ligeros) de soul, un rock más clásico y temas para guardar siempre en el apartado de memoria vital, como Leave me (like you find me). El disco tiene de todo, las guitarras de Walken suenan a The Faces, What light a un songwriter como Dylan, y se cierra el disco con la hipnótica e intensa On and On and On.

En la época en la que el modo shuffle del Itunes apuñala al elepé por la espalda y realza al single, encontrar un disco tan completo, cuidado y adictivo no es un milagro, simplemente es una suerte. Wilco, con una excelente discografía, toca techo con un trabajo de esos que aparecerán en la lista de 1001 discos que hay que escuchar antes de morir. Mejor no esperar Blue Sky Blue se incluya en la nueva edición, quizás sea demasiado tarde.








jueves, 22 de mayo de 2008

Aleluya para hoy

El gran concierto del año fue anunciado ayer, aunque hubo alguno que ya se lo olía. Bienvenida la buena nueva.

El genio californiano nacido con barba de tres días -deidad trinitaria viva junto a Dylan y Cave- visitará España con dos conciertos en Barcelona y uno en San Sebastián. Una oportunidad única de ver a un tipo que abandonó hace años las noches salvajes de San Francisco para convertirse a la vida hogareña y cotidiana de su rancho y su familia.

Los astros nos han sido favorables y Tom Waits nos regalará sus 35 años de música en vivo. Sin duda, combinará la fórmula que le ha hecho famoso: elegancia y primitivismo a partes iguales. Alabado sea nuestro vividor más empedernido. 












viernes, 9 de mayo de 2008

Cualquier otra cosa

Puede que sean la combinación perfecta entre las bases rítmicas de Joy Division y las guitarras de My Bloody Valentine. También podrían ser cualquier otra cosa. Por ejemplo _______ (rellene el espacio según su parecer). En cualquier caso, son una interesante, aunque desigual, apuesta: Film School.

Surgidos a finales de los años 90, su primer disco -Brilliant career- aparece con el nuevo siglo: 2001. Como es habitual hay un cerebro, aunque en ocasiones sean dos (Lennon-McCartney, Hazlewood-Hammond, Moraes-Jobim): Krayg Burton. Este guitarrista comenzó a trabajar bajo el nombre de Film School como un proyecto personal, al que luego se sumarían miembros de otras bandas, entre ellos algún ex-Pavement.

Tras el éxito del primer elepé no volvieron a presentar nuevo disco hasta el año 2006, de mismo título que la banda. El tercero no tardaron tanto en grabarlo, fue al año siguiente y recibió el nombre de Hideout. En su último larga duración mantienen ese sonido envolvente, tamizado y pesado, como los días de bochorno previo a la lluvia, que les emparienta con los grupos de shoegaze, tan amigos de las capas de instrumentos que crean el famoso muro de sonido que inventó el siempre imprevisible y genial Phil Spector.





jueves, 1 de mayo de 2008

Un elegante bigote

Se enciende las luces y aparece un tipo de traje con un longevo bigote pegando patadas al aire. No es un chiste. Es el comienzo de un concierto de Nick Cave. El australiano es lo que se llama un animal de la escena. Pura fuerza que durante 30 años se ha transmitido a través de discos y directos.

¿Pero quién es Cave? Es un cantautor con banda, The Bad Seeds. Un punk sin cresta. Un bluesman blanco. Un baladista de diseño y sofisticado. Un orador con sintonía. Es un Elvis iracundo. Su carrera ha sido un constante trabajo de reinvención siempre basado en su absorbente personalidad.

El compositor comenzó en esto de la música en los años 70. En su primera banda, The Boys Next Door, conoció a su inseparable compañero Mick Harvey, líder de los orgánicos Bad Seeds. Después llegaría Birthday Party, un ejercicio de expresionismo punk que abriría las puertas del éxito a Cave.

Desaparecidos los Birthday, este fan confeso de Johny Cash, Leonard Cohen y los Beatles se reúne con los Bad Seeds para grabar su primer disco en 1984, From her to eternity. Desde entonces, Nick Cave, que ha publicado seis libros, ha hecho lo que le ha dado la gana. No se puede explicar de otro modo. Ha cantado con Tom Waits, P.J. Harvey, Cash e, incluso, Kylie Minoge.

La semana pasada Cave presentó su nuevo disco (Dig Lazarus, Dig) en San Sebastián y Barcelona. Acompañado de sus siete compañeros de banda, el australiano desgranó algunos de los mejores temas de su repertorio: Deanna, My funeral, your trial, Hard on for Love, The ship song, Straight to you, Tupelo, Stagger Lee y Red right hand. Además de los temas del nuevo álbum (Dig, Lazarus, dig, We call upon the author, Lie down here, Night of the lotus eaters) a lo largo de más de horas de extrema intensidad.

En verano volverá, de momento a Madrid, pero con su banda Grinderman. Así que ya saben, si ven a un tipo alto, enjuto, medio calvo, con bigote, vestido de traje y pegando patadas al aire sobre un escenario, ese es Nick Cave.