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martes, 23 de junio de 2009

Altofolk

El hombre más alto del mundo -eso dice él- compuso uno de los discos más interesantes del año 2008. El sueco Kristian Matsson, con su banjo y la guitarra, propone en su debut Shallow Graves una buena sacudida de folk y tradición estadounidense, bien cargada de heno, sombreros de paja, tabaco de mascar y un porche en una granja.

The Tallest Man on Earth, de voz grave y desgarrada, presenta once canciones engendradas bajo el influjo de los cantautores estadounidenses. Sí, para qué ocultarlo: hay Dylan, hay mucho Dylan. Pero también se asoman muchos clásicos del primer blues, aquel que se componía en el delta del Mississippi y en Chicago, el de los brillantes Son House, Booker T. White, y M. Fred McDowell. El propio Matsson nombra a la Velvet Underground, aunque su rastro es difícil de seguir en este disco; a Nick Drake y Billie Holliday.

Sencillo y directo, el sueco ha colmado su primer largo con deliciosas letras de gran carga poética -no son poesías, no confundamos-, como en The Blizzard's Never Seen the Desserts Sands y Where Do My Bluebirds Fly?; y ciertos toques de humor negro, deslumbrantes en The Gardener.

Ritmos briosos
El haber girado por Estados Unidos con Bon Iver no define el estilo de The Tallest Man on Earth. No se deja llevar por la languidez del estadounidense, compartida por los nuevos folkies. La desgana duerme en otro cuarto. Matsson pone al servicio de sus composiciones ritmos briosos, con nervio. No hace rock, pero hay mucha fuerza en los arpegios y punteos de su guitarra. Quizá haya más newtons en Shallow Graces que en muchas de las bandas de la nueva hornada del rock.

Sin duda que ser el hombre más alto del mundo ha ayudado a Mattson. Desde esa atalaya ha oteado el pasado, el de los orfebres y los artesanos musicales, para vislumbrar una pequeña joya sin artificios, de producción escueta y ejecución precisa. Pocas veces la desnudez resulta tan confortable y hermosa. Larga vida a este rubio hijo de Dylan.

sábado, 13 de junio de 2009

Defínalo usted

No cantaba, Marvin Gaye hacía otra cosa, algo distinto. Hace 25 años su propio padre lo asesinó de un tiro tras una discusión. Gaye ya estaba consumido por la cocaina y una terrible depresión. Su chispa parecía evaporarse, mientras florecía la paranoia en su cabeza. A punto de cumplir 45 años y se había convertido en su propia sombra.

Lo del príncipe del soul era otra cosa. What's going on? lo demuestra. Su obra cumbre lo aúpa a un olimpo en el que descansan sólo los más selectos. Sí, los más selectos, los mejores.

Poética, onírica, sensual, elegante, sublime, absorbente, revolucionaria, evocativa, así suena la música de Gaye. No cantaba, era algo distinto. Que cada uno decida qué.

viernes, 15 de mayo de 2009

Hola, ¿cómo estás?

Johnston, inclasificable. Casi treinta años publicando temas que graba en su casa. Lo-fi. Un artista, un tipo enfermo. No es una imagen, está diagnosticado. Daniel Johnston sufré un desorden psiquiátrico. ¿Cambiaría su música si no fuese así? No lo sabemos y tampoco importa. Desde su primera grabación en el año 1981, una cinta con una portada ilustrada por su propia letra, se ha hecho un pequeño hueco en la música independiente y underground -he aquí lo nuclear-. Autopromoción, boca a oído, pasión y un universo alejado de todo.

En los noventa, Cobain le reivindicaba. Groenning también le rinde culto. Los demás saltan al carro atrapados por esa mezcla de surrealismo, inocencia infantil y crudeza sin ambages que desprende este músico y artista gráfico. Muchos grupos han decidido versionarle: Television Personalities, Beck, Tom Waits, Sparklehorse con los Flaming Lips y M. Ward, entre otros.

Amante confeso de los Beatles, los cómics y el Capitán América incluyó en su primera casete, Songs of Pain, una preciosa canción de desamor: Grievances. No hay tópicos. El concepto emotividad se desliza entre parámetros extraños. "Si no puedo ser tu amante, seré una peste", advierte a la afortunada, a la que había saludado con un sutil, "Hola, ¿cómo estás?". Toda comienza con una tos y un par de soplidos en el micrófono.

El tejano es una isla, tintineante, extraña y amarga, en el mundo de la música. No persigue tendencias, ni la pulcritud técnica o el virtuosismo, tampoco las ventas; pero ya ha alcanzado su trono. Probablemente a él le da igual. Simplemente, siguió el consejo que el bibliotecario le da en esta canción: "You can't buy no respect".

lunes, 22 de septiembre de 2008

Canciones del verano II

Alabado sea Mark. Alabado todo lo que graba, todo lo grabado y lo que le quede por grabar. Alabados sus directos, sus discos piratas, los de versiones y los recopilatorios. Bendito el que le escucha con oídos limpios, el que lo hace con desgana y el que lo desprecia por tedioso. Kozelek es el profeta. Oasis y Coldplay, los fariseos. Tokio Hotel, Melendi y Pignoise, el maligno hecho carne.

Summer dress es el salmo más perfecto del estadounidense. Su versión en directo, desde la sala l'Heliogàbal de Barcelona, es maná. Una confesión de amor en el tono más triste del Medio Oeste. Kozelek no necesita una banda, orquestaciones, vídeos y fuegos artificiales para aplacar la ira de sus fieles, sólo su guitarra, su voz y un chelo.

Recto es su juicio, luz en el sendero. Aléjate de mí U2.


miércoles, 16 de abril de 2008

El frío nombre de tu hermana

Islandia es el país que durante las dos últimas década ha entregado al mundo a los creadores más personales y extravagantes de la música popular. La diva Björk fue la pionera, Sigur Rós aparecieron más tarde con su sonido espacial. Junto a estos, Múm y su música de juguete y, por último las nuevas generaciones, como Amiina. Todos han logrado un hito: un sonido inconfundible que ha sido imitado en el resto de Europa y en los Estados Unidos. De entre todos los grupos, Sigur Rós -dejando a la sin par Björk a un lado- se ha convertido en el grupo más reconocido. El cuarteto marciano de Reykjavik a creado un universo propio, cercano a unos Pink Floyd más intensos y enrevesados.

El grupo se formó en 1994 en la capital islandesa. Decidieron llamar a su grupo igual que a la hermana de uno de los miembros de la banda, que ese mismo día acababa de nacer. Victoria Rosa. Tres años más tarde lograron publicar un primer disco en un sello islandés. El título fue Von: esperanza. En 1999 llegaría Ágaetys Byrjun, que significa buen comienzo. En este disco ya establecen los cánones del grupo: música onírica, con cambios de intensidad, prácticamente instrumental y con una importante orquestación.

El año 2000 sería el momento de dar el salto internacional. Sus padrinos fueron los gurús del rock independiente: Radiohead. Los islandeses se encargaron de abrir algunos de los conciertos de la gira de los británicos. A partir de ese momento, Sigur Rós despegaba, sin aparente freno, al olimpo de la música.

()
En 2002 publicaron un disco sin título, simplemente dos paréntesis adornaba la portada. Las canciones, ídem, sin nombre. El álbum, con un sonido más crudo, compartía con su predecesor los juegos de intensidad, de la tranquilidad a las olas de ira, siempre melódica. Sigur Rós, no son amigos del ruido, lo que les diferencia de otros grupo con los que han sido comparados, como Mogwai y Godspeed You! Black Emperor. () fue publicado junto a un libro en el que distintos artistas gráficos, entre ellos Chema Madoz, prestaban sus ideas visuales a la música.

Los islandeses, que han publicado dos discos más de estudio y preparan el quinto álbum, han cultivado siempre una pose de raritos. No cantan exactamente en islandés, sino que en ocasiones lo fusionan con el inglés y crean el happylandish. Más rarezas: en alguna canción han incluido palíndromos sonoros, suenan igual se escuchen normalmente o al revés. Tienen extraños motes y el guitarrista y cantante, Jon Por Birgisson, es seguidor del grupo de música heavy Iron Maiden.

Pero peculiaridades aparte, Sigur Rós es uno de esos grupo que bien escuchado y dándoles una segunda oportunidad son capaces de trasladarte lejos, muy lejos. Sus directos, ocasionalmente acompañados por una orquesta, tienen fama de poseer una extraña capacidad para crear indescriptibles atmósferas. Es probable que sea la magia propia de Islandia, un país en el que el frío se combate con extravagancia y talento, al menos musical.










martes, 8 de abril de 2008

James, mirada de loco

Cuando era joven, James Taylor tenía cierta mirada de loco. Quizás fuera consecuencia de una de esas biografías de juventud tan propias de las estrellas de la música: una prematura cercanía a las drogas y a las instituciones psiquiátricas. Ahora, cuarenta años más tarde de la llegada de este compositor de Boston a las discográficas, sus fotos muestran un rostro mucho más amable. Puede que sea la cara de un hombre que ha logrado convertirse en un referente musical del siglo XX y quizás haya olvidado los demonios de la juventud.

Taylor apareció en el mundo de la música con apenas veinte años recién cumplidos. Aquel seguidor de los Beatles y de la música folk abandonó sus estudios de chelo para dedicarse a la guitarra acústica. Su primer disco llegó muy pronto, en el año 1968: James Taylor. Lo grabó en Inglaterra para el sello de los cuatro fantásticos: Apple. El propio McCartney puso el bajo en el disco. Esta obra no logró una gran repercusión, pero le abrió las puertas, unas puertas pequeñas, a una gira por Estados Unidos.

Después llegaría Sweet baby James. Era 1970. Su segundo disco en solitario es una obra maestra. El cantautor pertenecía a aquella generación que vivía la resaca del movimiento hippie y del verano del amor. Era una generación que empezaba a perder el interés por los movimientos políticos y empezaba a mirar más hacia su ombligo. Taylor escribió una obra muy autobiográfica que logró alcanzar el número uno de la lista de ventas. La fantástica Fire and rain recupera sus días internado, en el que vislumbra, a diferencia de otros autores, esperanza.

Sin grandes epopeyas
Sweet baby James es una preciosa recopilación de tranquilas canciones en las que el bostoniano recoge lo mejor del folk y del blues. Hay algún toque de pop, escaso, y más referencias sonoras a Bob Dylan que a los Beatles. La música de Taylor es intimista y alejada de las grandes epopeyas. Sus historias son mínimas, como su música, ajena a las orquestaciones. Un sonido desnudo, como el que suelen exigir el sonido acústico y los cuentacuentos.

El éxito de este álbum fue tal que Taylor protagonizó la portada de la revista Time, como representante de la nueva generación de songwriters que reunía a gente como Joni Mitchell, Carly Simon o Cat Stevens. A partir de ese momento, el compositor de Boston se convertía en un referente para la música americana, la más joven promesa.

La carrera de Taylor ya no tuvo freno. Discos, directos e incluso alguna incursión en el mundo del cine. Su mayor hito, al menos comercial, haber vendido 11 millones de copias de su disco Greatest hits.




martes, 1 de abril de 2008

Las cartas sobre la mesa

Entre la locura y la templanza existe un espacio que algunos se empeñan en recorrer sobre un vehículo inestable. Glenn Johnson, líder de Piano Magic, tiene un carné de conducir con el que transita entre esos dos puntos en cada uno de sus viajes musicales. Su ámbito es el riesgo y se maneja con la facilidad de los especialistas de cine. Pocas veces sufre rasguños. ¿Y cuándo ocurre? Mantiene la dignidad, al menos aparente.

Desde 1996, cuando Johnson comenzó a grabar de manera casera sus temas, Piano Magic se ha convertido en una banda de culto que atrae a un fiel grupo de seguidores encandilados por un sonido que se mueve entre el shoegaze y la electrónica minimalista o la música ambiental. En estos 12 años Piano Magic ha grabado ocho discos, multitud de singles (muchos publicados sólo en España) y una banda sonora para la película Son de mar, de Bigas Luna.

La intención de su líder siempre ha sido crear bandas sonoras para sus recuerdos, lo que se refleja en cortes cinematográficos, por lo evocador de las canciones. Su música es íntima y relata historias descarnadas de las que, para que engañarse, no transmiten exacerbada felicidad. Son los relatos de un lobo estepario con guitarra. Estos son las cartas de Glenn Johnson, o juegas o te plantas.








martes, 22 de enero de 2008

La vida según Vinicius

Un 19 de octubre de 1913, en medio de un fuerte temporal, nació Vinicius de Moraes. Su vida no fue tormentosa, pero sí un remolino creativo y vital. El brasileño fue un artista total que vivió de manera desaforada, dedicándose a la música, a la literatura, al periodismo e, incluso, a la diplomacia. Un vividor y aristócrata capaz de convertir la música popular brasileña en un referente mundial. Este mujeriego empedernido, se caso nueve veces, pasará a la historia de la música como el creador de la Bossa nova.

En 1929 comenzó a estudiar Derecho en Río de Janeiro. Durante los años universitarios escribió las letras de diez canciones que interpretaron los hermanos Tapajós. En 1933, al finalizar sus estudios, publicó su primer libro: Caminho para a distancia. Después llegaron Forma e exegese y Ariana, a mulher. Mientras, durante esos años, trabajaba como censor cinematográfico.

En 1938 consigue una beca para estudiar en Oxford, tiempo que comparte con la publicación de nuevos poemarios. Años después accederá al cuerpo diplomático y se marcha a Los Ángeles como vicecónsul. Es su primer destino. Le seguirían Francia y Uruguay. Después, llegaría la expulsión del cuerpo diplomático brasileño.

En ese momento comienza a dedicar su vida de manera exclusiva a la música y la literatura. Una curiosidad, a pesar de comenzar a componer con apenas 18 años, en realidad abandona la música hasta el año 1953, cuando escribe su primera samba.

En 1956 conoce a Antonio Carlos Jobim, otro genio de la música contemporánea con el que forma el movimiento conocido como Bossa nova, que significa nueva voz. Este movimiento supuso la unión de la música tradicional brasileña, la samba, con el jazz.

Este dúo compuso el gran himno de la bossa. Inconfundible, la Garota de Ipanema se ha convertido en una de las canciones más versionadas de la historia melódica. El mismísimo Sinatra -el crooner por excelencia- se atrevió a enfrentarse a esta composición de apenas dos minutos. Breve como las buenas canciones de punk. El resultado, comparado con el original no le llega a la suela de los zapatos. Que Frank me perdone.

El concierto en La Fusa

A pesar de que De Moraes se incorporó tarde al mundo de la música, grabó un buen número de discos. Quizás los más destacados sean Afro-samba, que compuso y grabó con el virtuoso guitarrista Baden Powell -no el fundador de los Scouts-, y el falso directo en el bar La Fusa, en Mar de Plata, Argentina.

El brasileño, que saltó a los escenarios pasados los cincuenta años, quedó encantado de su actuación ante el público argentino. Tal fue su fascinación que se le ocurrió grabar un disco de estudio e incluir el sonido de los asistentes a uno de sus conciertos en La Fusa. Chascarrillos, risas e interpretaciones que en realidad es ante un reducido auditorio de 25 personas que acudieron al local de grabación. El resto, el murmullo, el ambiente del lugar, se ‘incrustó’ después.

En este ‘no directo’ la compañía no podía ser más selecta: Toquinho, guitarra y voz. María Creuza, voz. Mario ‘Mojarra’ Fernández, contrabajo; y Enrique ‘Zurdo’ Roizner, batería. El éxito de este disco fue tal que Vinicius entró de nuevo en el estudio. Un año después, en 1971, graba una segunda parte, en la que incluyó a otra María, en este caso Betanhia. El disco se materializó en un par de días y, de nuevo, fue un éxito, aunque quizás carece de la alegría y espontaneidad del primero.

Vinicius recordaba que el disco, uno de los más vendido de la historia de la música brasileña, contó con todos los elementos que él consideraba esenciales para hacer un buen trabajo: whisky y mujeres bonitas. Así lo dejó escrito en la portada.







jueves, 10 de enero de 2008

Los cuarentones

Los músicos envejecen mal. No es que les salgan arrugas, se queden calvos o surjan michelines, simplemente es difícil mantener un alto nivel creativo durante años, décadas más bien. Pocos autores lo consiguen, Mark Olson, antiguo líder de los Jayhawks, está en la lista. El año pasado recién despedido se presentó en el mercado con un disco titulado The salvation blues, una joya del country alternativo que sólo podría firmar un cuarentón resucitado.

Olson sorprendió hace más de diez años a los seguidores de The Jayhawks cuando anunció su decisión de abandonar al grupo que lideraba junto a Gary Louris. Desde el año 1985 esta pareja creativa compuso algunos de los mejores discos de la música americana. Del grupo de Minneapolis se decía que creaba dulces armonías y que su técnica instrumental era impecable. Obviamente, The salvation blues hereda esta capacidad para crear perfectas melodías, aunque a diferencia de los discos del primer gurpo de Olson, recupera el espíritu más folk del compositor.

El cantautor estadounidense se enfrenta con este disco a su primera grabación sin contar con la compañía de una banda. Tras su paso por los Jayhawks, el músico de Minneapolis contó con la presencia de The Original Harmony Ridge Creekdippers, del que formaba parte su esposa Victoria Williams. Esto no quiere decir que no haya contado con músicos para la grabación, sí lo ha hecho. Entre listado de nombres aparece el de su antiguo compañero de viaje Louris, quien al asumir la dirección de los Jayhawks dio un giro hacia el pop.

Música de raíces
Olson, a diferencia de su amigo Louris, se ha adentrado una vez más en el lánguido camino de la llamada música de raíces. Pasea por el lado más sosegado del country y el folk americano. Violines y guitarras steel bajo la supervisión del siempre efectivo productor Ben Vaughn.

El meticuloso compositor no sólo ha querido cuidar el aspecto musical del álbum, también el estético. En un momento en el que el disco es un rara avis frente a las descargas, Mark Olson se atreve a publicar un álbum con formato de libro. Un pequeño volumen que además del cederrón incluye las letras y una colección de evocadoras fotografías que reflejan el espíritu nostálgico de las canciones.

Entre las composiciones de este disco de redención, en el que la indulgencia llega a través del blues, destaca Clifton Bridge. En la que quizás sea la mejor canción del álbum, Olson espolvorea su universo personal a través de una melodía adictiva y una letra cargada de vitalidad y energía, a pesar de lo bucólico de las guitarras. Olson asegura que algunos se acercan hasta el puente de Clifton para morir, él sin embargo se ha acercado para vivir, porque "there's a hope in our hearts there's future in our souls". Ahí es nada.


Clifton bridge



The salvation blues

martes, 13 de noviembre de 2007

Vivir sin electricidad

Cuando la industria discográfica impone a los artistas sacar discos como churros, se agradece que haya músicos que no se obsesionen con publicar de manera sistemática cada año. El sueco, de padre argentino, José González pertenece a esa clase de músicos que prefiere dejar que el tiempo repose entre disco y disco. Su primer álbum, Veerner se publicó en el año 2000, su segundo disco -In our nature- fue publicado el pasado mes de septiembre.

Veerner fue el primer encuentro de González con el negocio discográfico. El sueco se enfrenta a su música sólo con una guitarra acústica, la electricidad no existe en su universo. Su principal arma son los arpegios y acordes armónicos, además de una voz grave, íntima y muy personal.

Este disco logró cierto reconocimiento fuera del circuito de la música independiente. Fue gracias a un anuncio de Sony Bravia en el que se podían ver miles de pelotas de colores que caían por una cuesta. Aunque Heartbeats, que así se llama la canción, fue compuesta en realidad por los también suecos The Knife, que la incluyeron en su disco I found the knife. Sus compatriotas sustituían las guitarras por la electrónica y la voz calmada de González por la vibrante voz de su cantante.

Influencias diversas
Al escuchar la música de este bioquímico vienen algunos nombres a la cabeza: Leonard Cohen, Elliot Smith y Nick Drake. Pero González, al hablar de sus preferencias, incluye un listado de artistas cuando menos sorprendente: el malogrado Chet Baker, la Nueva Trova Cubana, Will Oldham, los primeros discos de Silvio Rodríguez, la música brasileña, Fela Kuti y los imprescindibles Jason Molina y Tortoise. Con todos estos nombres se puede intuir que hablamos de un artista al margen de tendencias con una mente abierta y encandilado por las propuestas de músicos con una muy particular forma de entender el mundo. Un iconoclasta.

Ahora, José González vuelve a la carga con In our nature. Como muchos músicos, este creador ha querido mantener el estilo sencillo que caracterizó su primer larga duración. Esto es lógico. González ha conseguido algo que pocos novatos pueden alcanzar: un universo sonoro propio que permite reconocerle a la primera escucha. Su pop personal, serio e introspectivo, tiene un sello que le hace inconfundible.

En esta ocasión a su particular sonido de guitarra, de dotes hipnóticas, ha sumado dos compañeros de viaje en algunas de las canciones: Eric bodin a las percusiones y Yukimi Nagamo, que hace algunos coros. Por lo demás, lo mismo: letras repletas de simbolismo y una proceso de grabación sencillo y casero.

Una curiosidad: José González ha incluido en sus discografía varias versiones. Se atrevió con la electrónica en la mencionada Heartbeats, le hincó el diente a un himno generacional del post-punk: Love will tear us apart y, en In our nature, ha incluido una sorprende visión de Teardrop, de Massive attack. Una preciosa relectura del este clásico actual.

Tras vender más de 700.000 discos -cifra nada despreciable- con su primer álbum, un diario británico dijo: "En un mundo de clones musicales, el sueco es un original y emocionante nuevo talento". Es difícil ser más acertado.








Killing for love

jueves, 25 de octubre de 2007

A vueltas con Mark

Mark Kozelek sigue presente. Es una especie de espíritu latente en este espacio musical. Latente porque está en la cabeza del que escribe, con su deseo, en los últimos días casi incontrolable, de subir más canciones del songwritter -es necesario otro término que no sea cantautor- de Ohio. Si en entradas anteriores su proyecto Red House Painters era el que centraba la atención del blog, en esta ocasión es su actual disfraz: Sun Kil Moon.

Kozelek repite la fórmula: canciones acústicas, con un tono melancólico y letras tristes. Pequeños cambios, guitarras más limpias y un sonido que le aproxima a otro de los grandes de la música actual: Jason Molina, líder de bandas como Songs:Ohia y Magnolia Electric Co. Este parentesco también le hace formar parte de la familia de Neil Young -grande, dos veces grande- en sus discos más reposados. Un sonido más pop, folkie en ocasiones, alejado de la experimentación, aunque con alguna concesión al rock duro y toques de psicodelia, canción de diez y muchos minutos incluida.. El disco propio de un cuenta cuentos.

Fascinación por los boxeadores
Su primer álbum, Ghosts of the Great Highway, fue el primer contacto del nuevo grupo de Kozelek con este nuevo sonido, algo que ya se vislumbraba en sus discos en solitario. Su primogénito disco como Sun Kil Moon recoge todo un muestrario de historias curiosas, en las que destacan las canciones en las que el músico muestra su pasión por los púgiles. Salvador Sánchez, Duk Koo Kim y Pancho Villa -no el revolucionario- asoman la cabeza en el imaginario del músico de Ohio.

Pero la gran joya del disco es Carry Me, Ohio, un paseo por una historia de amores perdidos -"Toda la literatura habla del amor y de la muerte", quizás la música también-, vistos desde la distancia, aquellos que se anhelan y se desean recuperar, aunque se sepa imposible.

Kozelek desgrana en Carry Me, Ohio sus mejores trucos. Melodía adictiva con ese toque de tristeza que siempre deja un buen regusto en el comienzo de la garganta, un toque intimista y la elegancia de lo sencillo.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Un hombre sencillo

Leonard Cohen es el poeta, al menos esta era su profesión antes de dedicarse a la música. Sus canciones han sido asaltadas por músicos del más diverso pelaje: Johnny Cash, Bob Dylan, Rufus Wainwright, Klezmer Conservatory Band, Nick Cave, Enrique Morente con Lagartija Nick -versión imprescindible-, e, incluso, la ínclita Ana Belén. Pero quizás de todas la interpretaciones que se han hecho de las canciones del canadiense, la mejor sea la de uno de los niños terribles de los años noventa: Jeff Buckley.

Buckley, hijo del genial Tim Buckley, sufrió la misma suerte que su padre: una muerte temprana. A pesar de desaparecer con apenas 30 años, el músico californiano dejó dos discos repletos de algunas de las canciones más intensas del rock. Después, como suele ocurrir en estos casos, se han publicado directos y todo aquello que había dejado grabado el mistery white boy.

En el primer disco que publicó Buckley en 1994 (Grace), incluyó una versión del Hallelujah de Cohen. Un tributo en seis minutos en los que el músico de Orange County exhibe esa voz tan personal que encandilaría a Thom Yorke, cantante de Radiohead, en sus inicios.

La versión desnuda de Jeff Buckley, su voz es sólo acompañada de su guitarra, es un ejercicio de enrevesada sencillez. Es difícil encontrar a alguien que con tan poco barro pueda fabricar tan gran vasija. Buckley convierte este salmo -repleto de alusiones bíblicas, que tanto gustan a Cohen- en una oración laica.

Es difícil saber cuál era la intención del músico californiano cuando grabó esta canción -todo un reto-, aunque seguramente sería tan sencilla como desmontar los principios de la física cuántica. Casi lo logra.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Más veloz que el paso de los días

Si la melancolía puede ser un lugar habitable, Mark Kozelek cuenta con una suite permanente en ella. El cantante de Red House Painters y Sun Kil Moon es uno de esos seres iluminados capaces de crear bellas canciones, repletas de tristeza y brillantes por su aparente sencillez. Kozelek es un hombre del medio oeste americano, ese lugar donde dicen que sólo la nada es más veloz el paso de los días.

La música de Red House Painters, grupo con el que Kozelek se dio a conocer y probablemente uno de lo mejores grupos de los años 90, se alimenta del sonido de gente como Neil Young, Nick Drake y los legendarios American Music Club. Quizás habría que añadir otros dos nombres a este listado: John Denver y AC/DC, a los que Mark Kozelek ha versionado en múltiples ocasiones.

Red house painters se formaron en el año 1989 en San Francisco y grabaron su último disco en 1998, aunque se publicó en el año 2001. Durante nueve años el grupo facturó un sonido que se encasilló dentro del llamado slowcore (etiquetas, siempre etiquetas). En realidad, la música del quinteto no era más que un rock lento y acústico con canciones largas y descargas de intensidad entre el el sosiego de los arpegios. Pero Kozelek no es un compositor timorato y se atrevió, incluso, a juguetear con el jazz en el que probablemente es el mejor disco del grupo: Ocean beach, álbum en el que se demuestra que los buenos creadores no tienen registros, simplemente hornean buenas canciones.

Pero en el caso de Red House Painters y Sun Kil Moon, hablar sólo de la música es ovidarse de echarle la sal al plato. La letras de Kozelek hablan de amores perdidos, de recuerdos que se recobran, del frío de la ausencia, de la belleza y, en ocasiones la infancia. El compositor del medio oeste es un songwritter, pero, como se ya se ha comentado en otras ocasiones, este concepto no tiene nada que ver con el cantautor latino. Kozelek compone para un grupo, compone de manera global, no para actuar con su guitarra sobre un escenario. Tampoco reivindica nada, no hay crítica social. Simplemente cuenta, comparte, recuerda.

La música del compositor estadounidense es una caja de sorpresas. Hay que meter la mano en ella, con los ojos cerrados, pero sin miedo. El propio Kozelek podría afirmar que aunque lo que se encuentra a veces pueda resultar amargo, siempre se disfruta.

miércoles, 8 de agosto de 2007

La princesa

El mundo de la música esta lleno de reyes y reinas, del pop, del rock, del soul, del jazz... Cat Power -Chan Marshall- es la princesa. A su aspecto adorable, la compositora de Georgia suma una personalidad única y un talento para narrar simples historias, matizadas por una voz afelpada y los ojos más hermosos de la música independiente.

Chan Marshall es una creadora arriesgada que se ha atrevido a jugar con la música y con sus formatos, siempre con los mejores padrinos. Entre sus proyectos en solitarios hay discos con canciones propias y versiones, hay acompañantes de lujo (T. Bone, Eddie Vedder, Dave Grohl, Warren Ellis, M. Ward y Mick Turner) y joyas en las que ella se enfrenta sola con la guitarra, como su DVD Speaking with the trees, grabado en medio de un bosque.

Su último disco, The Greatest, supone un giro en la obra de Marshall, quien hace unos meses declaraba al NYT que había dejado la bebida. Más alejada del minimalismo de sus anteriores grabaciones. No sólo suena su piano, guitarra y voz, si no que se ha dejado empapar por el sonido del soul y grabar su disco más luminoso. Para muchos, su disco más comercial, pero ¿importa eso acaso?

Lived in the bars quizás sea la joya que esconde el disco, y con la que se justifica el álbum al completo. La canción no es más que un tranquilo paseo de la mano de una princesa -no de cuento-, pero ¿qué más se puede pedir durante casi cuatro minutos?

martes, 19 de junio de 2007

Voz de lana

"Algunas personas me dicen que los ojos son las ventanas del alma, pero los ojos pueden ser unas cuencas vacías".

La cara de Ron Sexsmith es de niño. Su voz, de lana. El compositor canadiense, siempre solitario y distraido, ha diseñado a lo largo de dieciséis años un plano anímico, una especie de guía que cruza los recovecos de los sentimientos humanos. Sexsmith pertenece a esa escuela de songwriters -concepto muy alejado del cantautor latino, por fortuna- capaces de transmitir con sus historias el dulce sabor de la nostalgia.

Just my heart talkin' es una confesión de las que se susurran al oído, sentado sobre un malecón: "Mi corazón siempre me ha guiado hacia donde no pertencía, hacia puertas a las que no debería llamar". Sexsmith, elegante y adusto, desliza sus versos bajo una melodía sencilla y una intrumentación enjuta. No es seguidor de las grandes orquestaciones. Al igual que Nick Drake, se vale con una guitarra.

Su obra Blue boy, disco genial que esconde esta pieza sosegada y reflexiva, es un compedio de historias tristes, cantadas a media voz por, probablemente, uno de los grandes genios de la música actual. El hombre de voz de lana y dedos de cera es un cuentacuentos que despeja su alma en cada una de sus composiciones.

Ron Sexsmith, el antropólogo.

Para escuchar:

Just my heart talkin'

martes, 22 de mayo de 2007

A la atención de Paul

Estimado Paul:

No quisiera robarte mucho tiempo con estas líneas, pero me veo obligado a dejarte constancia de mi eterno, en un sentido mortal, agradecimiento. Llevo días escuchando una y otra vez, casi de manera enfermiza, 'A day in the life'. No sé que tiene, o sí, pero no puedo dejar de pensar en ella. Me provoca una extraña alegría, agría, que me reconforta.

Analizo la letra, la melodía, la instrumentación. No sé si hay mensajes ocultos o, simplemente, es un conjunto de frases geniales. Bueno, a veces también pienso que podrían ser un conjunto de frases azarosas y un poco estúpidas. No sé, Paul, estoy desconcertado.

Lo dicho Paul, no quería robarte mucho tiempo, porque sé qué con el divorcio estás un poco atareado, así que finalizo esta carta.

Por cierto, Paul, y antes de decir adiós. Sé qué hace tiempo que no os veis ni os habláis, pero si algún día te reencuentras con John, por favor, dale las gracias de mi parte.

Agradecido,
sincopado

P.D. ¿Me podrías enviar una foto firmada de los cuatro?

Para escuchar:

A day in the life

miércoles, 9 de mayo de 2007

El conejo en la chistera

De los sombreros de chistera no sólo sale magia. De ahí salen los conejos de los prestidigitadores y algunas de esas canciones que tienen más de mágicas que de lógicas. Cuando uno mira a su alrededor y descubre lo feo que puede resultar todo, prefiere que quien te lo cuente, al menos lo haga hermoso.

Sparklehorse -nombre tras el que se agazapa Mark Linkous- es una factoria de canciones hermosas, de esas que estremecen y provocan que las piernas no respondan como deberían. Linkous deja que se escape un mundo triste en letras que hablan de ranas, perros que se comen tu pastel de cumpleaños y abejas que mueren en el mar. Música para un noviembre frío, en el que esperas en la cola de la panadería mientras revisas la calderilla que se esconde en los bolsillos.

'It's a wonderful life' es una obra mínima, de ritmo denso, una santa compaña que vaga por el País de las Maravillas de la mano de Poe. Suena a Mercury Rev sin orquesta y a Flaming Lips sin excesos lisérgicos.

Un hermoso encuentro con la chistera que todo el mundo guarda dentro de su armario cuando el día amanece cubierto de nubes grises.

Para escuchar:

It's a wonderful life

domingo, 29 de abril de 2007

En pocas palabras

Mentar en una misma frase a Miles Davis, John Coltrane y Bill Evans es hablar de tres grandes de la historia de la música. Si sólo hablamos de los dos primeros es hablar de genios a la altura de Mozart, Beethoven, Satie y Bach. 'Kind of blue' los reunió y originó composiciones como 'So what'.

Ante esta creación, perfecta, poco se puede decir. Quizás ocho minutos que deberían ser escuchados de rodillas, mientras se da las gracias a Davis. También se puede escuchar sentado, pero dar la gracias es obligatorio.

Para escuchar:

'So what'

jueves, 29 de marzo de 2007

La alegre tristeza de Ipanema

Al buscar el término elegancia en los diccionarios deberían aparecer como definición sólo dos palabras: Bossa nova. La samba tamizada por el jazz, la locura y la magia brasileña -la de los carnavales, la del fútbol de Garrincha- filtrada por el sosiego de las tertulias y la intelectualidad de finales de los años cincuenta. La influencia de este ritmo es inabarcable: el pop, el jazz, el lounge, la electrónica, el trip-hop... Todos rendidos ante la chica de Ipanema. Saravá!

Hablar de este movimiento es mentar a Vinicius de Moraes, el gran genio/creador/vividor de la bossa. Hablar de Moraes es hablar de Tom Jobim (Antonio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim). Y hablar de este último es hacerlo de Elis Regina, reivindicativa diva del tropicalismo.

Regina y Jobim crearon un disco de bolsillo, de esos que siempre deberíamos llevar con nosotros, sólo por si acaso: Elis & Tom. Entre los temas dejaron quizás una de las mejores y más bellas canciones de la historia de la música: 'Aguas de março'. Un poema musicado por Jobim, el genio compositor.

Hay una extraña sensación agridulce que se esconde tras esta bossa nova contenida e intimista. Cierta magia oscura que hace pensar en la frase de Benedetti en la que el uruguayo espetaba sin remilgos: "Hay cierta alegría en saber que aún podemos estar tristes". Al final, tras una lágrima puede haber una sonrisa y todo sucede, sólo hay que saber aceptarlo de la mejor manera posible: "É um caco de vidro, é a vida, é o sol, é a noite, é a morte, é um laço, é o anzol".

Nadie ha cantado a la tristeza con tanta alegría como los brasileños. Saravá!

Para escuchar:
Aguas de março, Elis & Tom
Aguas de março, Elis Regina

miércoles, 21 de marzo de 2007

Viva la clase media

No todos los suecos trabajan en Ikea, H&M o componen rock duro (llámese rock escandinavo), algunos saben lo que es el pop, ese que suena tan americano como el sonido de las patatas fritas del McDonalds o los presentadores de la Super Bowl.

The cardigans es un grupo que seguramente se olvidará en los tan mentados anales de la historia, al menos en la historia de la música. Es un grupo de clase media: trabajador y con buenas canciones, se deja escuchar y tiene temas de esos que se oyen una y otra vez, pero nunca estarán en tú boca cuando te pregunten: ¿cuál es tu grupo favorito?

'For what it's worth' es uno de sus mejores temas. Una canción que te hace pensar en el café de la mañana, en la tristeza que se siente cuando alguien te dice que se va y que no piensa volver, en los domingos bajo una manta riéndote de nada, en caminatas hacia ninguna parte, en todo aquello que, en el fondo, hace que la vida tenga sentido.

'For what it's worth, I really do'.

Para escuchar:
'For what it's worth'