Mostrando entradas con la etiqueta Audioteca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Audioteca. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de junio de 2009

Altofolk

El hombre más alto del mundo -eso dice él- compuso uno de los discos más interesantes del año 2008. El sueco Kristian Matsson, con su banjo y la guitarra, propone en su debut Shallow Graves una buena sacudida de folk y tradición estadounidense, bien cargada de heno, sombreros de paja, tabaco de mascar y un porche en una granja.

The Tallest Man on Earth, de voz grave y desgarrada, presenta once canciones engendradas bajo el influjo de los cantautores estadounidenses. Sí, para qué ocultarlo: hay Dylan, hay mucho Dylan. Pero también se asoman muchos clásicos del primer blues, aquel que se componía en el delta del Mississippi y en Chicago, el de los brillantes Son House, Booker T. White, y M. Fred McDowell. El propio Matsson nombra a la Velvet Underground, aunque su rastro es difícil de seguir en este disco; a Nick Drake y Billie Holliday.

Sencillo y directo, el sueco ha colmado su primer largo con deliciosas letras de gran carga poética -no son poesías, no confundamos-, como en The Blizzard's Never Seen the Desserts Sands y Where Do My Bluebirds Fly?; y ciertos toques de humor negro, deslumbrantes en The Gardener.

Ritmos briosos
El haber girado por Estados Unidos con Bon Iver no define el estilo de The Tallest Man on Earth. No se deja llevar por la languidez del estadounidense, compartida por los nuevos folkies. La desgana duerme en otro cuarto. Matsson pone al servicio de sus composiciones ritmos briosos, con nervio. No hace rock, pero hay mucha fuerza en los arpegios y punteos de su guitarra. Quizá haya más newtons en Shallow Graces que en muchas de las bandas de la nueva hornada del rock.

Sin duda que ser el hombre más alto del mundo ha ayudado a Mattson. Desde esa atalaya ha oteado el pasado, el de los orfebres y los artesanos musicales, para vislumbrar una pequeña joya sin artificios, de producción escueta y ejecución precisa. Pocas veces la desnudez resulta tan confortable y hermosa. Larga vida a este rubio hijo de Dylan.

jueves, 7 de mayo de 2009

Peluda lisergia

Irreverencia. 16 años de experimentación. 16 años de pop, power pop, electro pop, rock progresivo, electrónica y demás creaciones de laboratorio. 16 años con el nombre más tierno de la escena independiente británica: Super Furry Animals (SFA). Los animales súper peludos (o peludísimos). Apelativo tan estrambótico como las horrorosas portadas de sus discos. Los galeses han engendrado en este tiempo algunas de las mejores melodías de la última década. Beach Boys de los buenos, aunque no en la California iridiscente de los Wilson. Las han agitado y golpeado con todo aquello que han descubierto en el camino. Peludos y excéntricos. Syd Barret se enorgullecería de ellos.

La primera referencia discográfica de este cuarteto data de 1994, Dim Brys: Din Chwys. Desde entonces han grabado nueve discos, el primero Fuzzy Logic, el último Dark Days/Light Years. Una curiosidad, tienen a gala contar con uno de los títulos más largos de la historia de la música: Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch (In Space), un EP cantado en gaélico que homenajeaba al pueblo galés de impronunciable e infinito nombre. Entró en el Guiness.

Otras ligas
En sus comienzos se les emparentó con toda la plebe del Brit-pop. Esa no era su liga. Ellos jugaban a otra cosa. Sí, sus armonías vocales podían hermanarse con Teenage Fanclub, hubo quien, incluso, encontró cierto olor a Oasis. Pero aquello no era para SFA. Tampoco se podían comparar a sus coetáneos galeses Gorky's Zygotic Mynci o Catatonia. En el mundo de los SFA reina (pero no gobierna) la lisergia, como ocurría con los brillantes Beta Band.

El quinto galés ha logrado delimitar sus propias reglas dentro de cada álbum. Podrían plantarse junto al reprodutor de música y aclarar antes de empezar a escuchar el disco: "Hola, somos los SFA y nosotros marcamos el terreno. Si quieres venir a jugar, acepta que lo que haya al otro lado ya no importa. Estás en nuestra cancha. Nosotros sacamos y elegimos campo. Tú, juegas con uno menos". Pero esta desventaja es aparente. Sus canciones rebosan tradición, que engarzan con fragmentos que alteran la estructura tradicional del pop-rock. La escucha se altera, pero no resulta amenzante. Nadie podría tener miedo de un tierno animal peludo.

[Todo esto debería haber comenzado con una disculpa. Sirvan estas canciones como pago por la ausencia. Dejemos los reproches a un lado y volvamos al punto de partida. Hablemos de música]



miércoles, 10 de septiembre de 2008

Canciones del verano I

Puede que sólo exista un ente que se alegre -disfrute, goce o similar- con la llegada de septiembre y la vuelta al colegio: El Corte Inglés. Por norma general, para el resto de mortales, el fin del verano es una puñalada fría e inesperada en el costado. La música puede suponer un asa con el que aferrarse a la vivencia marchita del camping-gas, las chanclas y las siesta milenarias con el Tour de Francia de fondo. Que cada periodo estival tiene su propia canción es cierto, algunos veranos tienen varias, muchas. Esto es un ejercicio de nostalgia. El sonido de aquel verano de 2008.

Preston School of Industry (PSOI) es la gemación de Pavement, histórica banda que formó parte de la hornada indie americana de los años 90. De aquella generación de oro Pavement fueron los más divertidos y descarados. Con un sonido entre el pop, el rock y el noise, los californianos conformaron un cancionero notable, con un par de discos sobresalientes: Croocked Rain, Croocked Rain y Brighten the Corners. 

En 2000 el grupo se separa y su guitarrista Scott Kannberg, conocido como Spiral Stair, no espera ni medio segundo para juntar a un par de amigos y montar su nueva banda. El nombre lo toma de unos de los más reputados reformatorios estadounidenses, sito en Amador County, California.

Kannberg decide recuperar algunos de los temas descartados durante la grabación del último disco de su anterior banda, Terror Twilight, y prepara un primer sencillo, Goodbye to the Edge City. Unos meses después se publicaría el primer larga duración de PSOI, All This Sounds Gas (2001).

En este primer disco aparece Falling away, la mejor canción de un álbum que suena, como es lógico, muy similar a Pavement, aunque menos ruidoso, más pausado. Este tema, de sencilla letra -casi pueril-, transmite una alegría contagiosa, sin caer en el merengue pastel de algunas tonadas pop. Como el resto del elepé, es una agradable composición de fácil escucha. Si se tira del tópico se puede hablar de una canción redonda. Guitarras distorsionadas, melodías pop y ritmo de rock. Lo justo para bailar en la fiesta del pueblo.

Falling away

martes, 29 de julio de 2008

La homilía del soul

En los convulsos tardosesentas estadounidenses surgieron figuras que sirvieron para remover la conciencia crítica de ese país. Ideólogos y activistas, en mayor o menor medida, que defendieron nuevos valores y mostraron su intención de cambiar de algún modo aquello que detestaban de su vida cotidiana: el racismo. Rosa Parks, en 1955, no se sentó en la parte de atrás del autobús, tal y como ordenaba la ley entonces, y buscó un hueco en la zona para blancos. Cuando tuvo que ceder su sitió, amenazada por el conductor, no lo hizo. Once años antes, Irene Morgan había sido detenida por lo mismo. Otros fueron más conocidos, como Ernest Green, Martin Luther King Jr y Malcom X. Y entre todos ellos, Nina Simone, la banda sonora original de esta revolución social.

La alta sacerdotisa del soul, como fue bautizada, no sólo contaba con una voz fuera de lo común y poseía una capacidad asombrosa para componer y versionar temas de otros artistas; también tuvo la valentía de asir la bandera del cambio. Los sesenta fueron controversia y, entre tanto caos, la música y las cuestiones sociales se daban la mano.

El año del cambio fue 1964. Simone, de un abrasador talento, ficha por Philips y abandona Colpix. En su primera grabación con la compañía holandesa incluye un tema, Mississippi Goddam, en el que habla abiertamente de las desigualdades entre la comunidad negra y la comunidad blanca. Este tema sirvió de respuesta al asesinato, a manos de un miembro del Ku Klux Klan, del activista Medgar Evers y al bombardeo de una iglesia, en el que murieron cuatro niños.

La pianista, que sufrió el racismo durante su infancia, compone Four women, sobre los estereotipos de las mujeres negras. La canción se convierte en un himno feminista prohibido en algunas zonas de los Estados Unidos. Graba para el álbum Pastel Blues el tema Strange fruit -de la gran reina del jazz Billie Holliday-, en la que se narra la historia de un linchamiento. En el año 1967 canta I wish I knew how it would feel to be free. El 7 de abril de 1968, tres días después del asesinato de Martin Luther King Jr., Nina Simone entona una nueva canción, Why (The king of love is dead). El bajista que le acompañaba, Gene Taylor, la compuso nada más enterarse de la noticia.

Un himno para la comunidad negra
En 1970 Simone, junto a Weldon Irvine, se inspira en la obra inacabada de la dramaturga Lorraine Hansberry para componer To be young, gifted and black. Este tema se convirtió en un himno para la comunidad negra. Aretha Franklin, otra de las grandes, se apodera de él dos años más tarde y lo versiona.

Tampoco falta la polémica en torno a estos años de lucha de la compositora. Durante los sesenta hay quien la sitúa en las estratos más radicales de los movimientos por la igualdad. Se le acusa de no compartir las posiciones de no violencia que promulgaba Luther King, además de defender la fuerza como medio para lograr un estado separado para los afroamericanos. Lo cierto es que militó en las Panteras Negras, aunque sería injusto no enmarcarlo dentro de un periodo de rebeldía y en su contexto histórico y social.

Política a un lado, Nina Simone ha logrado convertirse en un referente para varias generaciones músicos. Lauryn Hill habla de ella, Alicia Keys, también. Jeff Buckley y John Lennon se suman a la lista. Otros la han versionado: Cat Power, The Animals, Bowie, el propio Buckley, Muse y Timbaland.

También consiguió, años más tarde, algunos reconocimientos. Durante su infancia, la artista -la sexta de ocho hermanos- trató de estudiar piano en el Curtis Institute con una beca. Fue rechazada por su color de piel. Unos pocos días antes de morir, en 2003 en Francia, recibía el título honorífico de este prestigioso centro. Después de tanta batalla, por fin lo había logrado.








viernes, 9 de mayo de 2008

Cualquier otra cosa

Puede que sean la combinación perfecta entre las bases rítmicas de Joy Division y las guitarras de My Bloody Valentine. También podrían ser cualquier otra cosa. Por ejemplo _______ (rellene el espacio según su parecer). En cualquier caso, son una interesante, aunque desigual, apuesta: Film School.

Surgidos a finales de los años 90, su primer disco -Brilliant career- aparece con el nuevo siglo: 2001. Como es habitual hay un cerebro, aunque en ocasiones sean dos (Lennon-McCartney, Hazlewood-Hammond, Moraes-Jobim): Krayg Burton. Este guitarrista comenzó a trabajar bajo el nombre de Film School como un proyecto personal, al que luego se sumarían miembros de otras bandas, entre ellos algún ex-Pavement.

Tras el éxito del primer elepé no volvieron a presentar nuevo disco hasta el año 2006, de mismo título que la banda. El tercero no tardaron tanto en grabarlo, fue al año siguiente y recibió el nombre de Hideout. En su último larga duración mantienen ese sonido envolvente, tamizado y pesado, como los días de bochorno previo a la lluvia, que les emparienta con los grupos de shoegaze, tan amigos de las capas de instrumentos que crean el famoso muro de sonido que inventó el siempre imprevisible y genial Phil Spector.





martes, 8 de abril de 2008

James, mirada de loco

Cuando era joven, James Taylor tenía cierta mirada de loco. Quizás fuera consecuencia de una de esas biografías de juventud tan propias de las estrellas de la música: una prematura cercanía a las drogas y a las instituciones psiquiátricas. Ahora, cuarenta años más tarde de la llegada de este compositor de Boston a las discográficas, sus fotos muestran un rostro mucho más amable. Puede que sea la cara de un hombre que ha logrado convertirse en un referente musical del siglo XX y quizás haya olvidado los demonios de la juventud.

Taylor apareció en el mundo de la música con apenas veinte años recién cumplidos. Aquel seguidor de los Beatles y de la música folk abandonó sus estudios de chelo para dedicarse a la guitarra acústica. Su primer disco llegó muy pronto, en el año 1968: James Taylor. Lo grabó en Inglaterra para el sello de los cuatro fantásticos: Apple. El propio McCartney puso el bajo en el disco. Esta obra no logró una gran repercusión, pero le abrió las puertas, unas puertas pequeñas, a una gira por Estados Unidos.

Después llegaría Sweet baby James. Era 1970. Su segundo disco en solitario es una obra maestra. El cantautor pertenecía a aquella generación que vivía la resaca del movimiento hippie y del verano del amor. Era una generación que empezaba a perder el interés por los movimientos políticos y empezaba a mirar más hacia su ombligo. Taylor escribió una obra muy autobiográfica que logró alcanzar el número uno de la lista de ventas. La fantástica Fire and rain recupera sus días internado, en el que vislumbra, a diferencia de otros autores, esperanza.

Sin grandes epopeyas
Sweet baby James es una preciosa recopilación de tranquilas canciones en las que el bostoniano recoge lo mejor del folk y del blues. Hay algún toque de pop, escaso, y más referencias sonoras a Bob Dylan que a los Beatles. La música de Taylor es intimista y alejada de las grandes epopeyas. Sus historias son mínimas, como su música, ajena a las orquestaciones. Un sonido desnudo, como el que suelen exigir el sonido acústico y los cuentacuentos.

El éxito de este álbum fue tal que Taylor protagonizó la portada de la revista Time, como representante de la nueva generación de songwriters que reunía a gente como Joni Mitchell, Carly Simon o Cat Stevens. A partir de ese momento, el compositor de Boston se convertía en un referente para la música americana, la más joven promesa.

La carrera de Taylor ya no tuvo freno. Discos, directos e incluso alguna incursión en el mundo del cine. Su mayor hito, al menos comercial, haber vendido 11 millones de copias de su disco Greatest hits.




domingo, 24 de febrero de 2008

El chico de la cebolla

Mi madre cambiaría de acera si se cruzase con un tipo como Badly Drawn Boy. Otros, quizás, buscarían un euro en sus bolsillos para dárselo. El músico inglés -nacido Damon Cough- cultiva un aspecto descuidado, siempre tocado con gorros de lana y capas de ropa como una cebolla. Su música, sin embargo, no responde a su imagen. Al escuchar a BDB, uno espera encontrarse con un joven de camisa de cuadros y estética aseada, un Sufjan Stevens. No es así, aunque las similitudes sonoras son patentes.

El compositor de Lancashire suena tan inglés como los sombreros de Isabel II. Badly Drawn Boy despliega una elegancia inusual que parece troquelada en sus genes. Huele a té metódico -el que se toma a las cinco- y a haggis. Su música salta entre las referencias de los grupos de los sesenta -Donovan, Beatles y Harry Nilson- y se liga, por motivos generacionales o melódicos, a bandas como The Beta band, Super Furry Animals, Magic Numbers y el mentado Stevens. Hay otras referencias, como Springsteen, al que hace un guiño en su último álbum: Born in the UK.

1997 es el año en el que se data la primera grabación de BDB. Pero a quien le interese oírla, más vale que se la graben. El primer ep de este creador se subasta en Ebay por el módico precio de 100 libras. Solo se imprimieron 500 copias. Lo cierto es que los bolsillos más desnutridos podrán contentarse con todos los discos que ha grabado posteriormente y que, realmente, forman el grueso creativo de su carrera.

Tras una serie de exitosos elepés, llegó la hora del primer larga duración. Cough grabó The hour of bewilderbeast, publicado en 2000. El éxito de la ópera prima fue tal que vendió 300.000 copias y ganó el premio Mercury music, que arrebato al grupo de Manchester Doves. The hour es una especie de canon que dibuja las líneas que esbozan la carrera del compositor britnánico: medios tiempos de pop claro, sin concesiones al ruido, hermosas melodías y un sonido acústico de piano y guitarra.

Un trabajo impecable
Dos años después llegó la banda sonora de About a boy, la adaptación de la novela de Nick Hornby. El trabajo de BDB es impecable. Una colección de hermosas canciones en las que destacan dos hitos del pop: Something to talk about y Silent sight. El piano y la guitarra de Damon Cough otorgan a la película esa elegancia que surge de las composiciones del creador.

Have you fed the fish? fue el siguiente paso, quizás en falso, de la carrera de Badly Drawn Boy. La acusadora crítica -o acusica- tildó al disco de comercial, concepto extrañamente vinculado a la falta de calidad. ¿Acaso no son los Beatles, los Rolling Stones o The Cure comerciales? Lo cierto es que en esta grabación se introducen más guitarras y que es probable que sea su álbum menos interesante, pero el estilo es el mismo.

Tras una gira por Estados Unidos, el compositor añoró su hogar y volvió para grabar One plus one is one. Este regreso a su casa despertó su vena más íntima y desplegó sus historias más personales, incluida la muerte de un amigo o la pérdida de su abuelo en el desembarco de Normandia. Tanta biografía no pareció gustar a sus seguidores. El disco fue un fiasco en ventas.

Ahora regresa con
Born in the UK, una vuelta a las historias casi infantiles y las melodías luminosas y delicadas que han convertido a BDB en una especie de Springsteen sin pañuelo en la cabeza ni ánimo de rock'n'roll.







sábado, 2 de febrero de 2008

Je suis américain

Los músicos franceses pecan en ocasiones de exceso de romanticismo. Esto no tiene porque ser malo, pero lo cierto es que el merengue empalaga. Por eso es bueno encontrar grupos y compositores galos cuya música tenga un cierto toque de amargura. El alpino Benjamin Biolay incorpora ese toque de resquemor que da cierta alegría a las buenas canciones. Es el más americano de los compositores franceses, una especie de Gainsbourg cruzado con James Taylor.

Biolay publicó su primer disco en 1999,
Rose Kenedy. Bajo un título tan anglófono había un disco repleto de buenas composiciones con un sonido americano. Un pop exquisito en el que el creador francés demuestra su soltura como compositor. Su disco más pop, repleto de samplers con la voz de Marilyn Monroe, sacados de la película Con faldas y a lo loco. Un poco melancólico y sombrío que suena a un otoño de hojas caducas. En las letras Biolay demuestra su querencia por las letras con cierto toque sureal y las imágenes extrañas.

A partir de este disco, Biolay presenta un catálogo un tanto irregular.
Negatif, su segundo larga duración toma ciertos carices de rock, un rock suave, y se atreve con algunas aventuras sonoras en largas canciones. Un año después, en 2004, publica la banda sonora Clara et moi. Y ese mismo año saca su proyecto Home, un disco grabado con su mujer Chiara Mastroiani. Esta obra realmente no está a la altura del resto de las composiciones.

El disco de la ira

En 2005, presentó su disco más intimista y oscuro, L’origine. Biolay reconocía en una entrevista que este era un disco llevado por la decepción, por la ira. Quizás esta ira fuese demasiado para su seguidores porque el álbum supuso un fracaso en ventas. De hecho, el galo tan sólo dio un concierto no hubo giras y se encerró a componer su nuevo larga duración: Trash yeyé.

A diferencia de
L’origine, su último disco, publicado a finales de 2007, habla de amor y es catalogado por el artista como un disco repleto de luz. Biolay relaciona la luminosidad del disco con el lugar en el que fue escrito el mítico Woodstock. En medio del campo, en una casa rural, rodeado de lo más granado de la música folk americana, compuso las canciones del disco.

Biolay, que ha compuesto para cantantes como Keren Ann, Françoise Hardy, Elodie Frege o su hermana Coralie Clement, siempre ha renegado del marchamo que le une a la nueva canción francesa. Él reconoce que no escucha música de su país -sólo hip-hop-. Sus referencias son norteamericanas y su mundo lírico poco tiene que ver con el de los austeros nombres de la
nouvelle chanson. Biolay no es Dominique A, ni ganas que tiene, él preferiría ser Neil Young.







jueves, 10 de enero de 2008

Los cuarentones

Los músicos envejecen mal. No es que les salgan arrugas, se queden calvos o surjan michelines, simplemente es difícil mantener un alto nivel creativo durante años, décadas más bien. Pocos autores lo consiguen, Mark Olson, antiguo líder de los Jayhawks, está en la lista. El año pasado recién despedido se presentó en el mercado con un disco titulado The salvation blues, una joya del country alternativo que sólo podría firmar un cuarentón resucitado.

Olson sorprendió hace más de diez años a los seguidores de The Jayhawks cuando anunció su decisión de abandonar al grupo que lideraba junto a Gary Louris. Desde el año 1985 esta pareja creativa compuso algunos de los mejores discos de la música americana. Del grupo de Minneapolis se decía que creaba dulces armonías y que su técnica instrumental era impecable. Obviamente, The salvation blues hereda esta capacidad para crear perfectas melodías, aunque a diferencia de los discos del primer gurpo de Olson, recupera el espíritu más folk del compositor.

El cantautor estadounidense se enfrenta con este disco a su primera grabación sin contar con la compañía de una banda. Tras su paso por los Jayhawks, el músico de Minneapolis contó con la presencia de The Original Harmony Ridge Creekdippers, del que formaba parte su esposa Victoria Williams. Esto no quiere decir que no haya contado con músicos para la grabación, sí lo ha hecho. Entre listado de nombres aparece el de su antiguo compañero de viaje Louris, quien al asumir la dirección de los Jayhawks dio un giro hacia el pop.

Música de raíces
Olson, a diferencia de su amigo Louris, se ha adentrado una vez más en el lánguido camino de la llamada música de raíces. Pasea por el lado más sosegado del country y el folk americano. Violines y guitarras steel bajo la supervisión del siempre efectivo productor Ben Vaughn.

El meticuloso compositor no sólo ha querido cuidar el aspecto musical del álbum, también el estético. En un momento en el que el disco es un rara avis frente a las descargas, Mark Olson se atreve a publicar un álbum con formato de libro. Un pequeño volumen que además del cederrón incluye las letras y una colección de evocadoras fotografías que reflejan el espíritu nostálgico de las canciones.

Entre las composiciones de este disco de redención, en el que la indulgencia llega a través del blues, destaca Clifton Bridge. En la que quizás sea la mejor canción del álbum, Olson espolvorea su universo personal a través de una melodía adictiva y una letra cargada de vitalidad y energía, a pesar de lo bucólico de las guitarras. Olson asegura que algunos se acercan hasta el puente de Clifton para morir, él sin embargo se ha acercado para vivir, porque "there's a hope in our hearts there's future in our souls". Ahí es nada.


Clifton bridge



The salvation blues

jueves, 13 de diciembre de 2007

Las botas de un muerto

Hay canciones que son rayos, caen sobre nosotros para hacernos ceniza. Mark Eitzel, cejijunto y feo líder de American Music Club, tiene la capacidad innata de provocar temblores entre quienes le escuchan. No es un profeta, sobran en el mundo de la música, pero sus palabras pesan tanto como las botas de un muerto.

"Ladies and gentlemen it's time
the bartender is looking you right in the eye,
says I’m going to replace all that weak blood with my wine
if you can’t live with the truth go ahead try and live
with a lie"

Ladies and gentlemen

American paella

¿Qué decir de un tipo que abandona sus Estados Unidos natal para irse a vivir a Valencia? Pues como mínimo, que le gusta la paella. Si, además, se llama Josh Rouse, podemos decir que es un músico genial. Rouse pertenece a la categoría de personas que caen simpáticas. Es un músico cuyo sonido agrada y que compone con un estilo propio, pero que puede ser escuchado por todo tipo de público. ¿Más por menos? Imposible.

Rouse, originario de Nebraska, pasó su adolescencia obsesionado por grupos británicos como los Smiths y The Cure. De aquellos años dedicados a la música inglesa le quedan pocas cosas, al menos que se reflejen en sus composiciones.


Las creaciones Rouse son claramente englobables dentro de la etiqueta pop. Todos los apellidos que se quieran poner después corren a cuenta del consumidor. Es cierto que no podría descuidarse el gusto del norteamericano por la música de raíces, como el folk o el country, que tienen especial reflejo en algunas de sus canciones. Aunque, al igual que los grandes músicos, no tiene miedo a los géneros. Tal es así que en su nuevo larga duración, 'Country mouse, city house', se atreve a dar a algunas canciones un toque soulero y aventurarse por los difíciles, y en ocasiones poco agradecidos, senderos del jazz.

Desde 1998
Desde que comenzó su carrera en 1998, este compositor ha publicado ocho grabaciones bajo su nombre. Además, se atrevió a grabar un ep de cinco canciones a dúo con su novia y cantante -española- Paz Suay. El nombre bajo el que se escondió ras no podía ser más obvio: 'She is Spanish, I'm American'.

Este yanqui en la corte de la naranja ha logrado crear una colección de canciones que merecen el apelativo de deliciosas. Aunque el adjetivo resulte empalagoso hasta en su pronunciación, lo cierto es que define perfectamente la música de este hombre llegado del medioeste americano.

Con un sonido clásico, sin grandes innovaciones, Rouse ha creado un estilo propio, aunque no alcanza la categoría de universo personal. En su reserva natural de sonidos, el compositor de Nebraska se mueve entre los Beatles, los Replacements y Big Star con una facilidad pasmosa. Una vez más la apuesta por la sencillez es una apuesta segura.

'Winter in the hamptons'


'Hollywood bass player'


martes, 4 de diciembre de 2007

Llámenme Pi, a secas

Alguien podría escribir una tesis sobre la evolución de los nombres de grupos en cada década y corriente musical. Sería interesante. Hasta que esto ocurra habrá que conformarse con intuir que en los últimos años lo que se lleva son los nombre largos, larguísimos. En la música patria existen bandas como La Oreja de Van Gogh, El canto del loco, La quinta estación y El sueño de Morfeo. Nombres que esconden propuestas musicales escasas y cortas, al menos de talento. En el ámbito internacional, tampoco se quedan a la zaga -en lo prolongado de los apelativos-: I love you but I've choosen the darkness, Godspeed you! Black Emperor, She wants revenge, o I got you on a tape.

Estos daneses de rocambolesco apodo -'te tuve en una cinta'- facturan un rock sosegado y con ligeros toques oníricos. Su primer disco, de título homónimo, entra por los oídos con facilidad, aunque no es un disco de fácil escucha. El grupo ofrece estructuras pop, lo que provoca una digestión ligera, pero requiere más de una escucha, y más de tres, para darse cuenta de todo lo que esconde y acostumbrarse a una voz particular y marciana.

Y tan marciana, porque en ocasiones este grupo recuerda a un Bowie pausado, sin lentejuelas ni arañas de Marte, como en los años 70. Una voz grave y rugosa que en otros momentos invita a pensar en uno de los grandes de la música popular: Nick Cave, por supuesto, salvando la distancias entre estos noveles escandinavos y el crooner australiano. Ellos en su bestiario personal nombran a bandas como Blur, Pavement o Brian Eno. Quizás se olvidan de otro nombre, Interpol.

I got you on a tape suenan en ocasiones con ciertos toques americanos, aunque hay que reconocerles que la mayoría del tiempo suenan a ellos mismo. Guitarras entrecortadas, nunca estridentes aunque si afiladas, coros vocales siempre en muy segundo plano y toques de órgano.
Pero la historia siempre pesa. Parte de este quinteto llegado del frío se inició en el mundo del jazz, lo que tiene su eco en las canciones del primer álbum, especialmente en las cuidadas líneas de bajo.

Este grupo, aunque con un sonido más bien cristalino, se adentra en ocasiones en terrenos que parecen evocar pesadillas nocturnas de infancia, con repetitivos estribillos de guitarra que evocan el sonido de las cajas de música.

Quizás la clave de este grupo resida en su destreza para desmembrar las estructuras tradicionales del pop y sacar de los restos canciones de esas que suenan a muchos grupos, pero que no suenan a ninguno.

Doctor watching

martes, 13 de noviembre de 2007

Vivir sin electricidad

Cuando la industria discográfica impone a los artistas sacar discos como churros, se agradece que haya músicos que no se obsesionen con publicar de manera sistemática cada año. El sueco, de padre argentino, José González pertenece a esa clase de músicos que prefiere dejar que el tiempo repose entre disco y disco. Su primer álbum, Veerner se publicó en el año 2000, su segundo disco -In our nature- fue publicado el pasado mes de septiembre.

Veerner fue el primer encuentro de González con el negocio discográfico. El sueco se enfrenta a su música sólo con una guitarra acústica, la electricidad no existe en su universo. Su principal arma son los arpegios y acordes armónicos, además de una voz grave, íntima y muy personal.

Este disco logró cierto reconocimiento fuera del circuito de la música independiente. Fue gracias a un anuncio de Sony Bravia en el que se podían ver miles de pelotas de colores que caían por una cuesta. Aunque Heartbeats, que así se llama la canción, fue compuesta en realidad por los también suecos The Knife, que la incluyeron en su disco I found the knife. Sus compatriotas sustituían las guitarras por la electrónica y la voz calmada de González por la vibrante voz de su cantante.

Influencias diversas
Al escuchar la música de este bioquímico vienen algunos nombres a la cabeza: Leonard Cohen, Elliot Smith y Nick Drake. Pero González, al hablar de sus preferencias, incluye un listado de artistas cuando menos sorprendente: el malogrado Chet Baker, la Nueva Trova Cubana, Will Oldham, los primeros discos de Silvio Rodríguez, la música brasileña, Fela Kuti y los imprescindibles Jason Molina y Tortoise. Con todos estos nombres se puede intuir que hablamos de un artista al margen de tendencias con una mente abierta y encandilado por las propuestas de músicos con una muy particular forma de entender el mundo. Un iconoclasta.

Ahora, José González vuelve a la carga con In our nature. Como muchos músicos, este creador ha querido mantener el estilo sencillo que caracterizó su primer larga duración. Esto es lógico. González ha conseguido algo que pocos novatos pueden alcanzar: un universo sonoro propio que permite reconocerle a la primera escucha. Su pop personal, serio e introspectivo, tiene un sello que le hace inconfundible.

En esta ocasión a su particular sonido de guitarra, de dotes hipnóticas, ha sumado dos compañeros de viaje en algunas de las canciones: Eric bodin a las percusiones y Yukimi Nagamo, que hace algunos coros. Por lo demás, lo mismo: letras repletas de simbolismo y una proceso de grabación sencillo y casero.

Una curiosidad: José González ha incluido en sus discografía varias versiones. Se atrevió con la electrónica en la mencionada Heartbeats, le hincó el diente a un himno generacional del post-punk: Love will tear us apart y, en In our nature, ha incluido una sorprende visión de Teardrop, de Massive attack. Una preciosa relectura del este clásico actual.

Tras vender más de 700.000 discos -cifra nada despreciable- con su primer álbum, un diario británico dijo: "En un mundo de clones musicales, el sueco es un original y emocionante nuevo talento". Es difícil ser más acertado.








Killing for love

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Ni Simon, ni Garfunkel

Kings of convenience son una especie de Simon y Garfunkel noruegos. Son bucólicos, más que cantar, susurran y, ante todo, es un grupo que rezuma elegancia. Ah, y como buenos nórdicos tienen pintas de sosos. Su andadura musical como dúo comenzó en el año 2000, con la publicación de un disco homónimo. Este álbum fue reeditado bajo otro título, Quiet is the new loud, en el que se incluyeron nuevas canciones y desaparecieron otras. Cuatro años más tarde, en 2004, publicaron su segundo larga duración: Riot on an empty street, un ejercicio de minucioso pop. Desde entonces Erik y Erlend se han dedicado a sus proyectos en solitario. ¿La posibilidad de un nuevo disco juntos? Ellos no lo descartan. Cuando se les pregunta la respuesta es quizás.

El sonido de los nórdicos es sencillo. Combinan las guitarras acústicas, repletas de arpegios y ritmos pausados. Hay algún acompañamiento de piano, quizás alguna percusión -escasa, muy escasa- y algún viento. Siempre lo justo. King of convenience lucha contra el barroco. Eso sí, son amantes incondicionales de los juegos de voces.
Con estos datos las influencias del grupo, Paul Simon y Art Garfunkel a parte, podrían ser: Nick Drake, Belle and Sebastián y la bossa nova brasileña, con la que salpican su música.

Los discos de los noruegos se han envasado dentro del llamado nuevo movimiento acústico. Las etiquetas, siempre equivocadas, les han hermanado con gente como Badly drawn boy, Starsailor, Turin Brakes y José González. Aunque dentro de la locura que acompaña a las modas y los estereotipos, el mayor despropósito es el de aquellos que incluyeron a los Kings of convenience junto a Coldplay, alejados cada vez más de cualquier similitud con lo acústico y cada día más próximos a los benefactores de todas las causas justas U2.


El sonido sobrio del dúo cuenta con letras a la par. Historias inocentes breves. No son letristas desgarrados, como Tom Waits o Nick Cave, simplemente recogen pequeñas escenas.


La canción I’d rather dance with you se convirtió en el momento más brillante del grupo. Para los seguidores del grupo otorgaron a esta canción la categoría de himno pop, con un vídeo que fue elegido mejor vídeo del año 2004 por la MTV, lo cuál tampoco quiere decir mucho, por que ya lo decía Beck en su primera grabación: MTV makes me want to smoke crack. Aunque incluso en la televisión musical por excelencia hay excepciones.




miércoles, 24 de octubre de 2007

Tacos y hamburguesas

Mexicali y Calexico son dos ciudades fronterizas: Baja California y California, Estados Unidos y México. Pero Calexico también es un grupo cuya música se pasea por la estrecha franja que marca la tierra de nadie y huele a tacos y a hamburguesas. Oriundos de Tucson (Arizona), John Convertino -ritmo- y Joey Burns -voz y guitarra- muestran en sus canciones la pasión que sienten por la música de la costa Oeste americana de los sesenta, el country, las bandas mexicanas norteñas y los mariachis.

Su disco Feast of wire asentó los posos de su discografía. Es una especie de grandes éxitos en el que aúnan todos los elementos que les han convertido en un grupo más que interesante y recomendable. Su fuerte, las canciones melancólicas que hablan de la frontera, que suenan a botas de vaquero con espuelas, a fantasmas muertos en las minas de oro, a sombrero charro y a una bola de heno que recorre una ciudad desierta y polvorienta con un salón. El whisky se bebe solo y el agua es para las mulas.

La música del grupo de Arizona es amiga de las guitarras slide y de las trompetas, con claros toques mariachis, pero no dudan en utilizar acordeones, como el increíble tema que abre el disco, Suken Waltz.

Medios tiempos, jazz y pop
Feast of wire
está repleto de ecos de Morricone y Rota (Close behind y Whipping the horse's eye), especialmente en las canciones instrumentales, y se mueve entre los medios tiempos de aire latinos y los ritmos marcianos de Crumble y Attack El Robot! Attack!, dos ejercicios de jazz enérgico y, en el caso de la segunda canción, marciano. Por supuesto, este álbum también tiene espacio para melodías de meridiano pop, como Not even Stevie Nicks.

Pero Calexico, y especialmente Feast of wire, no son un grupo de científicos experimentales. Excepto en su "discografía paralela" -Rockdelux dixit-, Aerocalexico y Travelall, su lugar no es el laboratorio. Se manejan con total soltura en las historias del otro lado, cantadas por gringos con guitarras españolas, acompañados de músicos procedentes del país vecino. Su género es el western, quizás el spaguetti western.

Calexico siempre ha sabido elegir buenos compañeros de viaje: amigos de Giant Sand, Friends of Dean Martinez, Neko Case y Iron & Wine, con quien grabaron un interesante ep. Todos estos grupos se han convertido en una especie de microuniverso sonoro. Quizás el sol sea Calexico, a pesar de que en sy último disco, Garden Ruin, se han alejado de su propia órbita para dejarse caer en parajes más cercanos al folk y el pop.

Este dúo son a la música lo que el tex mex a la comida. No son puros, son mestizos. Aunque, por completar la comparación, lo que hacen quizás sea el mejor tex mex de Estados Unidos. Cocina de autor en la que Feast of wire es su mejor menú.







martes, 16 de octubre de 2007

Bristol 88, el experimento

Massive attack es un trío formado en la ciudad portuaria de Bristol a finales de los años ochenta. Un dibujante de graffitis y rapero, 3d, conoció en 1988 a Daddy G y Mushroom, miembros del colectivo artístico The Wild Bunch, con los que decide poner en marcha esta aventura musical en la que la experimentación es fuerza motriz.

El sonido de los de Bristol se convirtió en un referente para una nueva corriente musical conocida como trip-hop, de la que, por supuesto, el grupo siempre deseo desmarcarse.

El trip-hop era una mezcla de música hip-hop, jazz, soul, toques de rock y dub jamaicano. Durante los años noventa muchas bandas y cantantes se sumaron a esta tendencia (Tricky, Portishead, Morcheeba), aunque quizás la más conocida haya sido la extravagante cantante islandesa Bjork.

El primer disco de Massive attack se publicó en 1991, bajo el título Blue lines. Éste fue el inicio de una importante carrera musical que les ha llevado componer seis discos de estudio, uno de ellos la banda sonora de Danny the dog, una película escrita por Luc Besson.

Su mayor logro comercial lo alcanzaron con el disco 100th Windows, en el que sólo participó 3d y que entró directamente en la lista de los más vendidos del Reino Unido.
Sin embargo, el disco que más aplausos ha recibido de la crítica fue Mezzanine, publicado en el año 1998. En este álbum, el grupo, siempre amigo de la electrónica, apuestan por las guitarras eléctricas y el rock más oscuro.

Antibelicismo
Massive attack no sólo es un grupo de música. Siempre han mantenido una postura abiertamente enfrentada a los conflictos bélicos. Durante la guerra del golfo los de Bristol se vieron obligados a acortar su nombre a Massive. El líder de la banda, 3d, siempre se ha arrepentido de aquella decisión impuesta por la discográfica.

Durante su gira europea del año 2004, el grupo acompañaba sus directos con pantallas gigantes en las que aparecían los nombres de todos los menores de edad fallecidos durante la guerra de Irak. Nombres que acompañaban de la edad.

Aunque, en el fondo todo, esto no dejará de ser un detalle en el anecdotario de la historia de la música contemporánea. Massive attack formará parte del diccionario de la música como uno de los grupos más innovadores de los noventa, que además se ha permitido el lujo de trabajar con gente como Neneh Cherry, Elizabeth Fraser -cantante de Cocteau Twins-, Tracey Thorn, de Everything but the girl; la inefable Sinead O’connor, y el histórico cantante de reagge Horace Andy.

Pero no sólo ellos han buscado la ayuda de importantes músicos. Artistas como Madonna, David Bowie o los irlandeses U2 han solicitado los servicios de los de bristol. Por algo será.





miércoles, 26 de septiembre de 2007

El gran dinosaurio

Booker T. White pertenece a una especie superior en la fauna de la música: los legendarios blues men de Mississipi. Son como los dinosaurios: se extinguieron hace tiempo y aunque aún quedan descendientes que rondan por la tierra, ya nada es lo mismo. White forma parte de una leyenda, incrementada por los campos de algodón y la segregación social: la de aquellos músicos que no necesitaban más que una guitarra y una pajarita de lazo en su cuello para edificar los pilares de la música moderna.

Al igual que el resto de los músicos del blues más primitivo, White osciló entre este género y el gospel. Música con raíces africanas, que cantaba las historias de la esclavitud, la espiritualidad y recuperaba viejas baladas irlandesas e inglesas. Las letras, en muchas ocasiones meros mantras, eran recitados más que cantados. La voz se convertía en una salmodia que declamaba, casi relataba una historia.

Aunque comenzó tocando el piano, el músico de Mississippi dominó la guitarra, concretamente la dobro -una guitarra con potente resonancia y, en su momento, muy económica de fabricar-. Su técnica es la de un virtuoso, reorre el mástil de la guitarra de manera alocada y domina la técnica del slide, que obliga a utilizar una afinación especial.

El nombre de los grandes músicos de blues de principios de siglo XX no son referencias habituales en el día a día de la música. Artistas como Son House, Booker White, Blind Willie Johnson y Fred McDowell puede que no hayan dejado los más hermosos discos para la historia de la música, lo más sutiles o los más cuidados, pero han dejado la materia prima para todo lo que hoy se conoce: el rock, el pop, el bluegrass, el soul, el hip hop...

¿Qué hubiera sido de la música sin Mississippi o sin Chicago -probablemente las cunas del blues-? Quizás el reaggeton dominaría el mundo, o Luis Cobos, o los cantautores. No creo que pudiese haber nada peor.

Para escuchar:

Aberdeen Mississipi Blues

domingo, 16 de septiembre de 2007

Más veloz que el paso de los días

Si la melancolía puede ser un lugar habitable, Mark Kozelek cuenta con una suite permanente en ella. El cantante de Red House Painters y Sun Kil Moon es uno de esos seres iluminados capaces de crear bellas canciones, repletas de tristeza y brillantes por su aparente sencillez. Kozelek es un hombre del medio oeste americano, ese lugar donde dicen que sólo la nada es más veloz el paso de los días.

La música de Red House Painters, grupo con el que Kozelek se dio a conocer y probablemente uno de lo mejores grupos de los años 90, se alimenta del sonido de gente como Neil Young, Nick Drake y los legendarios American Music Club. Quizás habría que añadir otros dos nombres a este listado: John Denver y AC/DC, a los que Mark Kozelek ha versionado en múltiples ocasiones.

Red house painters se formaron en el año 1989 en San Francisco y grabaron su último disco en 1998, aunque se publicó en el año 2001. Durante nueve años el grupo facturó un sonido que se encasilló dentro del llamado slowcore (etiquetas, siempre etiquetas). En realidad, la música del quinteto no era más que un rock lento y acústico con canciones largas y descargas de intensidad entre el el sosiego de los arpegios. Pero Kozelek no es un compositor timorato y se atrevió, incluso, a juguetear con el jazz en el que probablemente es el mejor disco del grupo: Ocean beach, álbum en el que se demuestra que los buenos creadores no tienen registros, simplemente hornean buenas canciones.

Pero en el caso de Red House Painters y Sun Kil Moon, hablar sólo de la música es ovidarse de echarle la sal al plato. La letras de Kozelek hablan de amores perdidos, de recuerdos que se recobran, del frío de la ausencia, de la belleza y, en ocasiones la infancia. El compositor del medio oeste es un songwritter, pero, como se ya se ha comentado en otras ocasiones, este concepto no tiene nada que ver con el cantautor latino. Kozelek compone para un grupo, compone de manera global, no para actuar con su guitarra sobre un escenario. Tampoco reivindica nada, no hay crítica social. Simplemente cuenta, comparte, recuerda.

La música del compositor estadounidense es una caja de sorpresas. Hay que meter la mano en ella, con los ojos cerrados, pero sin miedo. El propio Kozelek podría afirmar que aunque lo que se encuentra a veces pueda resultar amargo, siempre se disfruta.

lunes, 20 de agosto de 2007

Nuevos caminos

Desde que Interpol publicó en 2002 su primer álbum, Turn on the bright lights, su nombre se sumó, con sorprendente celeridad y ayudados por los medios especializados, a la lista de grandes bandas. Bajo la sombra del temible epíteto de hype y con la crítica constante de tener un sonido demasiado parecido al de Joy Division, los neoyorquinos han logrado imponerse a las suspicacias gracias a buenas canciones y un directo arrollador.

Con su tercer disco recién editado, Our love to admire, el cuarteto evoluciona en su sonido, ahora más reflexivo e hipnótico. Abandonan la cuerda floja en la que caminan las nuevas bandas que temen firmar su último disco, que en ocasiones es también el primero, y se adentran por caminos propios. Ya no suenan a Joy Division, grupo del que en realidad siempre renegaron, aunque tampoco se acercan a su idolatrado Nick Cave.

Sus letras continúan oscuras y en ocasiones ininteligibles. Sus guitarrás mantienen parte de su tradicional sonido punzante y algunas de las canciones del disco, como The Heinrich Maneuver, recuerdan a sus trabajos anteriores, rápidas y con las quitarras que les emparentaban con todas las bandas de post-punk de finales de los 70 y principios de los 80 y con grupos como Television.

En realidad, el sonido del nuevo disco se vislumbraba en canciones anteriores -Untlited, Specialist y NYC- y puede que no sea más que la evolución un lógica que desea alejarse de los "suena como" para acercarse a los "esto es Interpol".



miércoles, 8 de agosto de 2007

La princesa

El mundo de la música esta lleno de reyes y reinas, del pop, del rock, del soul, del jazz... Cat Power -Chan Marshall- es la princesa. A su aspecto adorable, la compositora de Georgia suma una personalidad única y un talento para narrar simples historias, matizadas por una voz afelpada y los ojos más hermosos de la música independiente.

Chan Marshall es una creadora arriesgada que se ha atrevido a jugar con la música y con sus formatos, siempre con los mejores padrinos. Entre sus proyectos en solitarios hay discos con canciones propias y versiones, hay acompañantes de lujo (T. Bone, Eddie Vedder, Dave Grohl, Warren Ellis, M. Ward y Mick Turner) y joyas en las que ella se enfrenta sola con la guitarra, como su DVD Speaking with the trees, grabado en medio de un bosque.

Su último disco, The Greatest, supone un giro en la obra de Marshall, quien hace unos meses declaraba al NYT que había dejado la bebida. Más alejada del minimalismo de sus anteriores grabaciones. No sólo suena su piano, guitarra y voz, si no que se ha dejado empapar por el sonido del soul y grabar su disco más luminoso. Para muchos, su disco más comercial, pero ¿importa eso acaso?

Lived in the bars quizás sea la joya que esconde el disco, y con la que se justifica el álbum al completo. La canción no es más que un tranquilo paseo de la mano de una princesa -no de cuento-, pero ¿qué más se puede pedir durante casi cuatro minutos?